La humanidad lloraba y llora

El otro día llovía… Llovía y yo iba en autobús por la ciudad. Me encanta ir en autobús,
¿sabéis? Sí… me gusta el tren (todo el mundo adora ir en tren…), pero hay algo en el autobús… Será por todos los autobuses que he cogido en mi vida, no sé… El caso es que en el tren me siento lejos del mundo, sin embargo, en el autobús te mueves entre todo el mundo, entre las personas, las calles, los coches, pero es como si nadie te viera. De ese modo, me encanta ir dentro, moviéndome siendo invisible, viendo las gotas caer por el cristal, sin mojarme, con la música en mis oídos y observando a todo el mundo como si de una película se tratara.

Así iba el otro día cuando sonó Mad World de Gary Jules, ¿la conocéis? Esta canción me llega a lo más profundo del alma… Y esta canción me llevó a entender varias cosas. De pronto veía todo muy claro, un montón de personitas vacías dando vueltas en círculo, pero sin un sentido real. Viviendo vidas ficticias y superficiales, creyendo ideas que ni siquiera han salido de su interior, ¡parecía un videojuego! Mad world… Y también entendí… Entendí que todo lo que estaba viendo era miedo. Miedo a no llegar a fin de mes. Miedo a no hacerlo bien. Miedo a no ser lo que me han dicho que tengo que ser. Miedo a que no me acepten. Al final, todo reducido a miedo a que no me quieran. Todxs queremos que nos quieran, es lo que buscamos desde que nacemos. Así creamos nuestros personajes, haciendo todo lo que consideramos más eficaz para que nos quieran. Y así, la mayoría de nosotrxs vivimos llenos de miedo durante prácticamente toda la vida.

Ver esto respondió a una de mis dudas existenciales, una que consiste en no entender en qué momento y por qué en este mundo unas sociedades (sobre todo la mía) se han dedicado a someter a otras, a explotarlas, etc. El no entender el origen de las guerras, de la pobreza, del egoísmo tan grande que reina en este planeta, de la violencia desmesurada… Y entonces fue tan claro… Todo esto está generado por el miedo. Aaaay, ¡el miedo! Miedo a pasar frío, a pasar hambre… El miedo que nos acongoja, que no nos deja dormir por la noche, que nos impide lanzarnos a cumplir nuestros sueños y vivir aventuras… Sí, el miedo. El miedo que le impide a alguien hacer un bonito regalo. El miedo que nos impide abrazarnos, reírnos… El miedo que nos enmudece cuando nuestro corazón está gritando ¡Te quiero! Que nos impide decir ¡Te quiero! al señor que nos sonríe todas las mañanas desde el quiosco, ¡Te quiero! a la panadera, ¡Te quiero! a la conductora del autobús, ¡Te quiero! a nuestrxs amigxs, familiares, seres queridos… Pero sobre todo, sobre todo… ¡Te quiero! a nosotrxs mismxs.

Puede sonar triste… Sin embargo, para mí, hay algo precioso en todo esto, que es el poder darnos cuenta. Darnos cuenta para empezar a decir ¡Te quiero! a quien queramos, cuando queramos. Empezar a llorar cuando nos apetezca llorar. Empezar a bailar en medio de la calle si mis piernas me lo piden a gritos, o a cantar si siento que estoy creando un nudo en mi garganta por no hacerlo. Empezar a abrazar, y besar y acariciar cuando nos apetezca. Empezar a ser más humanxs y menos marionetas.

El otro día estaba llorando, y me sorprendí a mí misma fascinada por la hermosura de mi llanto, la belleza de la sensibilidad, del dolor cuando viene y lo escuchamos, y le damos su espacio. La belleza del sentir y entregarme a ese sentir.

Ahora creo que si tratásemos de llenar nuestras vidas de amor y no de miedo, todo sería más fácil. Si en vez de juzgar las imperfecciones, las amásemos. Si en vez de negar las emociones calificadas como “negativas”, las abrazásemos. Si nos aceptásemos tal y como somos y así nos amásemos. Un amigo querido me enseñó un mantra que él se repetía cada mañana y que creo que puede ser un buen comienzo: YO ME AMO, YO ME LIBERO.